Cultura

¿Se tatuaría una visa Schengen en la espalda para ir a Europa?

¿Se tatuaría una visa Schengen en la espalda para ir a Europa?

El artista belga Wim Delvoye es un blanco fácil de los ecologistas. En 2010 decidió criar cerditos y luego, en lugar de convertirlos en salchichas o en morcillas, les tatuó el cuerpo con la cara de Blanca Nieves, el logo de Louis Vuitton y, entre otras cosas, con las creaciones barrocas de los reos de las cárceles rusas. Delvoye –amen de tatuarlos–, los alimentó como príncipes, dejó que murieran de causas naturales en “granjas artísticas” chinas y más tarde los despellejó y vendió su piel perfectamente enmarcada por 65.000 dólares. La piel de los cerdos era el lienzo de sus obras.

El ruido mediático empezó a acosarlo y decidió dar un paso más adelante, ¿para qué preocuparse por los ecologistas y las legislaciones de cada país?, ¿cómo exponer sus cerdos sin tantos trámites sanitarios?, ¿qué tal un humano?

En 2016 conoció al suizo Tim Steiner y convirtió su espalda en una obra de arte; firmó un contrato con él y Tim se convirtió en una obra de arte ambulante. En su contrato dice que debe estar disponible para exposiciones tres veces al año y un coleccionista pagó 150 mil dólares por su piel cuando llegue la hora de su muerte. Ha sido un éxito. Incluso en los días duros de la pandemia en 2020 fue ‘expuesto’ por streaming en un museo en Australia.

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La directora tunecina Kaouther Ben Hania vio la obra en 2017 en el Louvre y su cabeza hizo click: fue el germen de 'El hombre que vendió su piel', la genial película que fue nominada al Óscar como mejor filme en lengua extranjera en 2020, y que, sin duda, es uno de los mejores platos cinematográficos en las salas de cine colombianas.

Ben Hania le dio un giro a la historia de Tim Steiner. La primera escena de la película muestra al artista belga Jeffrey Godefroi dirigiendo a un par de hombres para que cuelguen correctamente una piel tatuada y enmarcada en una inmaculada pared blanca. En ese momento hace un corte y empieza a contar la vida de Sam Alí, un joven sirio enamorado que, por la guerra y por el absurdo de las leyes de su país, termina refugiado en el Líbano.

En el Líbano trabaja como obrero en una fábrica avícola y su labor es medir la cabeza de los pollitos recién salidos del cascarón. En las noches, para paliar el hambre, la sed y la soledad, se cuela en exposiciones de arte para tomar champaña y comer galletas con caviar. Lo sorprende la galerista (una espléndida Monica Bellucci) y lo humilla sin dudarlo. Godefroi –el artista que comprará su piel y que en ese momento expone en la galería– no deja que se vaya y lo invita a tomarse un trago.

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Y comienza el drama. La directora, hábilmente, muestra la espalda de Alí todo el tiempo. La pregunta silenciosa es la misma: ¿cuándo lo irá a despellejar?

Abeer, novia de Alí, se casa por presión de su familia con un burócrata espantoso que se la lleva a vivir a Bélgica. Godefroi le dice a Alí que puede darle una visa de trabajo para que pueda ir a Europa y rescatar a su novia de las manos de ese burócrata cretino, que lo deje todo en sus manos: solo tiene que darle su espalda; dejar que la convierta en una obra de arte. No solo le dará una visa, sino que le dará parte de las ganancias de la obra, ¿quien sabe?, ¿hasta puede terminar en una subasta y alcanzar un precio estratosférico?, ¿no es un buen trato?

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La película plantea varios interrogantes que, por supuesto, rodean todo el andamiaje del arte contemporáneo, pero sin duda el más dramático es otro: ¿Alí puede viajar como obra de arte, pero no como ser humano? Finalmente la única forma que tiene para salir de Oriente Medio es como ilegal o con una visa. Y la suya tiene el tamaño de su espalda.

FERNANDO GÓMEZ ECHEVERRI
EDITOR DE CULTURA
@LaFeriaDelArte