Vida

Papá pide pista / Papás Creativos

Papá pide pista / Papás Creativos

Jorge llevaba tres días inmerso en una licitación. Trabajaba mucho, dormía poco y no veía despierto a Jacobo, su hijo de cinco años. Cuando estaba por terminar su yogur de mora, en la única pausa del día, sonó su teléfono.

Jacobo, con voz entrecortada, le decía que lo extrañaba. Jorge suspiró, quiso llorar pero prefirió decirle que en pocos días irían juntos al parque. Esa noche cuando entró al cuarto de Jacobo y lo vio dormido con sus crespos desordenados, quiso despertarlo y decirle que lo amaba y que jugaran a los vaqueros.

Se recostó un rato a su lado y le consintió la cabeza. Pensó que debía hacer algo más que cruzar un par de palabras por teléfono. Él lo necesitaba. Los dos lo necesitaban.

Cuando Jacobo despertó, después de refregar sus ojos, encontró una hojita blanca con una silla pintada. Era la silla de su papá. Entonces decidió levantarse y buscarla. Al llegar vio que sobre ella solo había un cojín. Suspiró.

Levantó el cojín y encontró otro papelito con una nevera pintada, rápidamente corrió hasta la cocina. Debajo de un imán había un dibujo de su libro preferido, fue a buscarlo afanado. Cuando lo abrió encontró un dibujo del lavamanos.

Su mamá solo lo veía correr por toda la casa como Speedy González. En el lavamanos encontró un dibujo del tapete.

Levantó todas las esquinas y debajo de la última había un papelito que decía “Te amo” y envolvía una chocolatina Jet. En la pausa del yogur sonó el teléfono. ¡Lo encontré! Dijo una vocecita eufórica. ¿Mañana me dejas más pistas? Claro, respondió Jorge feliz.

En los días siguientes hubo pistas por toda la casa. Jacobo las encontró todas. Una noche Jorge llegó tan cansado que apenas tuvo alientos para dibujarle una carita feliz y darle un beso en la frente.

La noche siguiente, llegó casi tan cansado como la anterior, y mientras se ponía la piyama cayó en la cuenta de que no había tenido tiempo de hablar con Jacobo. Estaba agotado.

Cuando metió su pie derecho en la pantufla sintió algo frío y húmedo. Lo sacó de inmediato y notó que tenía sus dedos rojos. Con cierto temor examinó la pantufla y encontró que en el fondo había un par de moras.

Intentando entender qué pasaba, vio que en el bolsillo de su piyama se asomaba un papelito. Tenía dibujada una pantufla. Se acostó rendido pero feliz.

Fernando Escobar Borrero
Escritor y conferencista
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