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Declaramos la decepción climática en Bogotá/ Opinión

Declaramos la decepción climática en Bogotá/ Opinión

En los pasillos del Concejo de Bogotá se está cocinando lo que sería la primera “declaración de emergencia climática” del país. Esta es una loable iniciativa que, por el afán y la falta de ambición de los procesos políticos de la ciudad, está en riesgo de ser solo una decepción más para quienes hemos alzado la voz demandando acciones concretas para frenar la crisis climática que hoy afrontamos.

La primera declaración de este tipo a nivel mundial se dio en 2016 cuando el Concejo de la ciudad de Darebin en Australia, adoptó una resolución que estipula que: el Concejo reconoce que estamos en un estado de emergencia climática que requiere de acción urgente por parte de todos los niveles gubernamentales, incluyendo los Concejos locales.

Desde entonces, y en reacción a las multitudinarias demostraciones en 2018 y 2019 convocadas por el movimiento FridaysForFuture a nivel internacional, más de 1.325 jurisdicciones, entre ellas gobiernos locales y nacionales, han declarado la emergencia climática.

Lo lógico es que una ciudad capital como Bogotá, o Colombia como país, sigan esta tendencia y tramiten la declaración. Entonces ¿por qué hoy nos sentimos decepcionados?

Haciendo una revisión cuidadosa del borrador más reciente de la declaración que se socializó el pasado sábado 25 de enero en una sesión pública en el edificio del Concejo, se hace clara la fuente de preocupación de muchos quienes cargamos la bandera de la acción climática.

En un documento cuyo propósito es reconocer la emergencia climática y crear herramientas para afrontarla, encontramos un cascarón vacío, con una visión obtusa y genérica de las consecuencias socio-económicas y administrativas de la crisis. La ambigüedad y la imprecisión en el lenguaje legislativo del documento limita su gran potencial para ser un hito en la lucha contra el cambio climático.

En un documento cuyo propósito es reconocer la emergencia climática, encontramos una visión obtusa y genérica de las consecuencias socio-económicas de la crisis

Estos son algunos de los puntos más preocupantes:

1. Reduce la propuesta de educación a “procesos de pedagogía cotidiana, viva y constante sobre la realidad del riesgo climático”, perdemos los [email protected] la oportunidad de contar con un mandato que obligue a la Secretaria de Educación a desarrollar un esquema que capacite a los profesores, y eduque a los estudiantes para entender las causas, consecuencias y soluciones de la crisis.

2. Al requerir que para el año 2030 todas las tipologías de movilidad sean “carbono cero”, desconocemos los procesos de licitación que nos mantendrán con un sistema de movilidad con algún nivel de uso de combustibles fósiles hasta mucho más adelante. También pasamos por alto la oportunidad de crear incentivos económicos para la descarbonización de la movilidad.

3. Caemos en un error al pensar que reubicar a las miles de familias que se encuentran en zonas de riesgo por cambio climático es viable o ético. ¿Dónde están los esquemas de manejo del uso de tierra y creación de infraestructura natural o artificial para evitar desastres?

4. En materia de alimentación, se propone la “autosuficiencia de redes de distribución y acceso a alimentos de provisión alimentario de Bogotá”, un absurdo para una ciudad cuyo principal objetivo es producir todo menos comida. ¿Por qué no pensar en la ciudad como una fuerza para volver a las regiones productoras de comida más resilientes?

5. Propone acciones grandilocuentes, pero vacías. El proyecto osa estipular que no tendrá un impacto fiscal en los recursos del Distrito Capital. Entonces, ¿de dónde provendrán los recursos para financiar el proyecto?

6. Por último, siendo Bogotá la ciudad receptora número uno de desplazados del país, brilla la ausencia de un esquema que reconozca y acoja a los cientos y miles de desplazados climáticos que hoy llegan, y que seguirán llegando a la ciudad. ¿Dónde está el rigor de la propuesta?

Desde que se firmó el Acuerdo de París en 2015, el 2020 es visto como el año de la ambición donde los compromisos de cada país en materia de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, deben mejorar para evitar la catástrofe que se avecina.

A finales de este año, durante la cumbre anual del clima (COP26) en Glasgow, Escocia, los países del mundo se reunirán para, entre otros, presentar sus nuevas metas de reducción de emisiones. Por lo tanto, en el año donde la ambición lo es todo, la acción pasa de ser binaria, donde la opción es hacer algo o no hacer nada, a ser suficiente o insuficiente.

Habría sido ambicioso que en 2016, Bogotá, en vez de Darebin, hubiera sido la primera ciudad en hacer la declaración de emergencia climática.

Hoy, con Bogotá convirtiéndose en la adopción número 1.326 de un documento de este tipo, no es más que un acto protocolario
para encajar con el resto del mundo, haciéndonos sentir como si fuéramos parte de la solución, cuando la realidad nos muestra que frente a la emergencia, la propuesta es más que insuficiente.

¿Dejaremos que la capital, al igual que Colombia, se mantenga en ese grupo de países que cómodamente aportan un balde de agua mientras el mundo arde en llamas? O ¿aumentaremos nuestra ambición para ser seguidos y no seguidores?
No perdamos la oportunidad de emprender por el camino correcto.
Co-fundador de la Organización Juvenil de Activismo Climático PactoXElClima