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El año de pandemia y la "plomonía" contra los reintegrados de las Farc

El año de pandemia y la

Unaldo de Jesús Castillo Rueda fue el firmante 222 del año 2020 asesinado en Urrao. Antioquia, el pasado 28 de julio. A su lado también perdió la vida Yoiman Jiménez, escolta de la UNP y hermano de un reincorporado. Solo en Antioquia van 25 firmantes de los Acuerdos de Paz. ¿Cuándo va a parar el exterminio?

Que yo sepa, ninguno de los firmantes de los acuerdos de paz ha sido uno de los diez mil muertos por el coronavirus. Algunos, como el senador Pablo Catatumbo y su compañera conocida como Camila Cienfuegos, tuvieron el covid 19 y lo superaron. En cambio, el virus del odio y el plomo han acabado con la vida de 39 personas de las Farc en los primeros siete meses de este año 2020.

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Con Unaldo no solo murieron sus sueños y el de ver crecer a su hijo Johan, de cinco años, sino también el proyecto de un vivero para siembra de tomates que tenía con su esposa Esneda en la vereda San Vidal, a 30 minutos en carro del municipio.

A la misa en el cementerio de Urrao el pasado sábado primero de agosto, solo pudieron ingresar, además de Esneda y su niño, tres hijos más de su primera esposa y varios hermanos de Unaldo. La sepulturera del campo santo Luz Aidé Seguro fue estricta, pues según dijo, en el pueblo ya había 47 personas infectadas con el coronavirus. Casi un centenar de vecinos que llegaron desde la vereda se quedaron tras las rejas y todos con tapabocas.

Luz Aidé Seguro, la sepulturera, me dice que en sus 12 años de trabajo en el cementerio este año, “el 2020 ha sido el año más difícil”

En la familia, me cuenta una hermana de Unaldo: “…Habíamos vivido esta misma peste un 28 de abril de 1998. Ese día perdimos a otro hermano ayudante del bus 'escalera' de nombre Francisco José. Eso fueron los paramilitares. Llegaron y mataron a 23 campesinos entre las veredas La Encarnación y el Maravillo. Mi hermano tenía dos meses de estar trabajando, porque al otro ayudante lo cogieron y lo torturaron. Todos salimos huyendo desplazados por la guerra y volvimos porque tenemos una finca pequeña para sembrar la tierra, pero a nosotros nos siembran a las malas”.

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Cuando salimos del cementerio, Esneda la esposa de Unaldo se acerca y me pregunta: “Oiga señor periodista, ¿usted sabe si mi niño y yo tenemos derecho al apoyo para el proyecto productivo que él estaba gestionando con el Gobierno? Él me había dicho que eran 8 millones y eso es lo que ya hemos invertido en la construcción de dos viveros para 3.000 o 4.000 plantas de tomate que teníamos pensado para nuestro futuro”.

Yoiman Jiménez, escolta y víctima desde el año 2000

La otra persona que fue asesinada junto a Unaldo y enterrada el viernes 31 de julio en la mañana era de este municipio, su nombre, Yoiman Jiménez Jiménez quien tenía tres años de trabajar en la Unidad Nacional de Protección y era parte del esquema de seguridad del firmante de la paz José Ignacio Sánchez Ramírez, enlace en Antioquia de la Comisión de la Verdad y coordinador de reincorporación para los municipios de Urrao y de La Blanquita en Frontino Antioquia.

Farid, hermano de Yoiman, quien fuera integrante del Frente 34 de las Farc, no pudo llegar a despedirlo en el sepelio desde el departamento del Quindío, donde trabaja en una panadería. No es solo la limitante de movilidad por el coronavirus, es el miedo de llegar a un municipio en donde este año van 25 asesinatos por armas de fuego. Luz Aidé Seguro, la sepulturera, me dice que en sus 12 años de trabajo en el cementerio este año, “el 2020 ha sido el año más difícil”.

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Entre la sala de velación y el cementerio fue muy triste ver a doña María Dora, madre de Yoiman, casi sin poder caminar ahogada por el llanto. Junto a ella estaba su nuera Sandra Milena, que no levantaba la mirada del féretro donde iba su compañero del alma. Ambas mujeres se abrazaban para sostenerse y el retoño más amado de Yoiman, Matías, de cinco años, dejaba escapar sus lágrimas.

Si me preguntan por qué fui, les digo. No me aguanto esta tragedia que significa la muerte de cientos de líderes y de firmantes del Acuerdo de Paz

Cuando salimos del sepelio, Lina hermana de Yoiman me habla de su tragedia familiar: “Esta escena la repetimos por última vez hace 12 años un 4 de febrero de 2008, cuando fueron a la finca y mataron a mi padre Cruz María en la vereda Sabanas. Fuimos nueve hermanos y quedamos cuatro. Solo una hermanita murió de enfermedad a los cinco años. El resto, como Yoiman, han sido por la violencia que no nos ha dejado vivir en paz desde hace dos décadas cuando entraron los paramilitares y desaparecieron a mi primer hermano, Davier Alonso, que venía de Medellín en bus para Urrao. Eso fue en el año 2000. Otros dos hermanos entraron luego a las Farc y murieron en sus filas en el año 2007, Alexander y Alejandra, y por eso le digo que la última vez fue mi padre Cruz María en el 2008, en la vereda Quebrada del Palo. Los tres hermanos que quedamos, queremos vivir en paz y ayudarle a mi madre, pero no nos dejan”.

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Si me preguntan por qué fui, les digo. No me aguanto esta tragedia que significa la muerte de cientos de líderes y de firmantes del Acuerdo de Paz. Tenía esperanza y la estoy perdiendo con tanto odio y cizaña que los enemigos de la paz siembran. Tanta indolencia en las noticias y las cifras oficiales sobre la lista de los asesinados que se convierten en estadística o paisaje deberían asustarnos como fantasmas cada noche y día.

Mientras la mayoría de habitantes del país no pueden salir por esta pandemia, grupos de criminales deambulan tranquilos nuestra geografía. Amenazan, silencian y matan. Están haciendo trizas los sueños de paz y la vida de un país y sus nuevas generaciones.

A esta historia de múltiples violencias y víctimas hay que darles no solo un nombre y un rostro, también un testimonio de resistencia y sueños para que nunca los olvidemos y eso es urgente. ¡Despertemos!

-JESÚS ABAD COLORADO
Especial para