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Matar al hermano (opinión)

Matar al hermano (opinión)

El violento codazo del holandés Dylan Groenewegen a su compatriota Fabio Jakobsen en el embalaje que definió la primera etapa de la Vuelta a Polonia, con llegada en Katowice y que dejó a este último en estado de coma, es revelador. Deja claro que el afán por imponerse –en este caso en una etapa de una vuelta de perfil mediano– es cada vez más potente y menos dado a respetar cualquier cosa, incluso la vida del otro.

Esta temporada no es normal. La interrupción por la pandemia dejó a todo el círculo del World Tour –primera división del ciclismo– en casa y en la incertidumbre. Muchos patrocinadores han advertido que pueden retirarse en un contexto de crisis económica mundial. El afán por retribuirle a la marca que va impresa en el uniforme algo de su inversión por medio de un triunfo y así mermar el riesgo de que parta –fantasma que desde que comenzó el ciclismo profesional ronda el pelotón– en estos meses de temporada condensada se ha quintuplicado, siendo generosos.

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Luego está lo que cada ser humano vive, la procesión interior organizada y promovida por la angustia de saber que cada vez serán menos los cupos en la privilegiada élite. Aquellos que terminan contrato este año son los que con más dureza la sienten. Pero todos a la larga saben que los puestos se agotan y que el desempleo masivo, que parecía ser ajeno a estas élites del deporte de alto rendimiento, también ronda. Hay que mostrarse, hay que ganar. Urge abrirse paso, así sea a codazos. Cualquier oportunidad que se cruce hay que agarrarla.

Groenewegen

Groenewegen en el suelo, el culpable de la caída en la Vuelta a Polonia.

Y no es un pensamiento que vaya y venga. Es una ametralladora en el oído, gracias al pinganillo. Por ahí, el director deportivo, sumido en la misma angustia, pues su puesto tampoco está garantizado, recuerda, fraterno y crudo, que serán pocos los escogidos. Los juicios exprés a cargo de los tribunales de las redes sociales ya condenaron a Groenewegen. La justicia deportiva pronto se pronunciará, y lo más probable es que lo haga en el mismo sentido. No han faltado las invitaciones a ‘cancelarlo’. Desde luego que su actuar merece un reproche. Comenzando porque el codazo a Jakobsen –quien, a Dios gracias, despertó del coma– se da en un momento en el que ya tenía en el bolsillo la victoria.

Pero hay que parar, respirar, tomar distancia y ver el contexto. Así obrar de esta manera no sea viral, sino todo lo contrario, hay que preguntarse qué, en últimas, llevó al joven holandés a decidir en ese instante que la victoria bien valía la aniquilación del rival. Algo inconsciente, desde luego. Y es que una vez cruzó la meta y vio el video vino el arrepentimiento. Por suerte, esta vez todo indica que el desenlace no fue fatal.

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De haber muerto Jakobsen, la vida de Groenewegen, holandés, joven promesa, embalador, con piernas privilegiadas como él, también se habría echado a perder.
Más que lapidar a Groenewegen deberíamos preguntarnos cuántas veces hemos sido él. Y averiguar qué hay que cambiar para detener la marcha hacia ese estado primitivo en el que fuerzas poderosas nos llevan a matar al hermano para sobrevivir.

Federico Arango C. 
Subeditor de Opinión

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