Cultura

La charla de Quino con Daniel Samper Pizano sobre la 'cola de Dios'

La charla de Quino con Daniel Samper Pizano sobre la 'cola de Dios'

Llego de visita al apartamento de Quino, y lo encuentro sumido en la contemplación de un libro de arte.

-¿Has visto la cola de Dios?,  me pregunta, de pronto, levantando la vista, con una inocencia más o menos perversa.

Quino y Alicia, su esposa, viven en un ático lleno de luz y balcones en la calle Talcahuano, de Buenos Aires. Allí, en un estudio rodeado de plantas, Joaquín Lavado dibuja sus famosos monos y lee, mira, observa, descubre. Quino es un observador minucioso, al que pocos detalles se le escapan en una situación, en un cuadro, en una escena. Por eso insiste en preguntarme si conozco la cola de Dios. En realidad, no dice cola sino culo, porque Quino es hijo de españoles y en España esta palabra marca 3 puntos en el Ajímetro. En América Latina, en cambio, su poder explosivo se dispara hasta 7 u 8, y por eso, y por amor a Dios, y por temor al castigo eterno, prefiero cambiarle aquí las tres últimas letras y obligarlo a bajar unos peldaños.

- ¿La cola de Dios? le pregunto sorprendido.- No se me ha pasado por la cabeza que Dios tenga cola.
- Hombre -me dice Quino son su sonrisa traviesa-, si Dios tiene rostro y cubre el cuerpo con una túnica, es normal que tenga cola.
- Pues no se la he visto, le confieso a Quino.
- Está bien dice -señalando una página en colores -: aquí la tienes.

La lámina corresponde a la Capilla Sixtina, máxima joya artística del Vaticano, que representa un número de escenas y personajes bíblicos. Son 300 figuras en total repartidas en un techo de mil metros cuadrados. Miguel Angel Buonarroti empezó a pintarlas en 1505, cuando tenía 33 años, y sólo terminó el enorme fresco en 1513, siendo ya un cuarentón.

Miro la reproducción que me presenta Quino y, efectivamente, en uno de los espacios de la cúpula veo a Dios, con su túnica rosada y su barba blanca, sorprendido por el artista en un momento de la Creación. A la derecha aparece Dios de frente, cuando ordena que se haga la luz. Y a la izquierda está de espaldas mirando el sol y la luna recién inaugurados; sólo que, al darse vuelta, algo se ha desarreglado en la túnica y quedan expuestas, redondas, indudables, rosadas, beatíficas, poderosas, las nalgas de Dios.

Hombre -me dice Quino son su sonrisa traviesa-, si Dios tiene rostro y cubre el cuerpo con una túnica, es normal que tenga cola.

Esto es lo que Quino mira con las cejas levantadas detrás de sus lentes gruesas.
-¿Por qué crees que lo hizo?, me pregunta con curiosidad digna de Mafalda.
De veras: ¿qué llevó a Miguel Angel a tomarse semejantes libertades con Dios y plasmarlas con su pincel ni más ni menos que en la meca del arte religioso católico?

Los críticos han ofrecido dos interpretaciones a lo largo de la historia. Unos afirman que cuando ciertas traducciones del Génesis hablan del soplo divino no se refieren propiamente a un aire lanzado por la boca. En otros tiempos y en otras culturas, el aliento exhalado no era sinónimo de creación sino de muerte. En cambio, el Medioevo identificó el proceso digestivo con la vida y supuso que un buen cuesco era manifestación de gozosa salud.

Mijail Bajtin, el más profundo estudioso de la cultura popular medieval, dice que Sancho Panza, con sus proclividades gastronómicas y escatológicas, con su oronda barriga y con sus abundantes necesidades corporales, es símbolo inmejorable de fecundidad.

¿Has visto la cola de Dios?, me pregunta, de pronto, levantando la vista, con una inocencia más o menos perversa.

A lo mejor fue este canon medieval el que inspiró a Miguel Angel. Pero lo más probable es que la verdadera interpretación sea la segunda, según la cual el artista, díscolo y rebelde desde niño, pintó la Capilla Sixtina a regañadientes y resolvió dejar constancia de su protesta en este y otros detalles.

Está claro que Miguel Angel trabajó contra su voluntad. El papa Julio II le había prometido contratarle una serie de esculturas, pero al final cambió de opinión y le exigió que pintara el techo de esta iglesia. Miguel Angel consideraba a la pintura un arte inferior a la escultura y pintó bajo protesta. En algún momento, incluso, quiso abandonar el trabajo, y el Papa lo persiguió por los pasillos vaticanos regañándolo y asestándole bastonazos.

El asunto es que el artista terminó su obra magistral y, en medio del asombro que produjo la magnitud y maravilla de la empresa, aparecieron algunos pormenores que pueden interpretarse como un sello de inconformidad.

Así, el irrespetuoso trasero de Dios. Así, la posición en que la serpiente sorprende a Adán y Eva, sobre la cual Quino también me hace caer en cuenta: es una típica felatio interruptus: la boca de Eva se halla a pocos centímetros del sexo de Adán, y su cuerpo está vuelto hacia el pequeño aditamento que la diferencia de su compañero. Así, el aspecto masculinoide de Eva, inspirado según dicen -en uno de los múltiples efebos que suscitaban la pasión de Buonarroti, homosexual confeso y profeso-.

Podría parecer a algunos que estos elementos resultan inadecuados como atracción de parroquianos a menos de cien metros de donde duerme el Santo Padre. Pero al menos en este caso ningún pontífice se atrevió a censurar las provocadoras figuras, labor que sí emprendió el Papa Paulo IV en el siglo XVI con varios personajes desnudos de El juicio final. Un pintorzuelo que se ganó el apodo de Braghettone (algo así como El calzoncillo ) aceptó cubrir con brochazos de colores las partes íntimas de muchas de las figuras que había pintado, ya anciano, el irreprimible Miguel Angel.

Durante varios siglos la cola de Dios y otros asuntos incómodos permanecieron piadosamente apenumbrados por una capa de humo y mugre que se había posado sobre el fresco.

Durante varios siglos la cola de Dios y otros asuntos incómodos permanecieron piadosamente apenumbrados por una capa de humo y mugre que se había posado sobre el fresco. Pero una larga restauración que terminó en abril de 1994 exhibió la obra con nuevos brillos y colores. La restauración fue muy criticada. El especialista inglés Charles Hope dijo que estaba más próxima a Disney que a Miguel Angel. Pero, más allá de toda polémica, sobre las cabezas de los visitantes a la Capilla Sixtina flota resplandeciente la cola de Dios.

Quino no lo dice, pero por su sonrisa es fácil adivinar que le divierte mucho que así sea.

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Daniel Samper Pizano
*Publicado originalmente en Lecturas Dominicales, de , el 22 de agosto de 1999